“Cuando luchamos, ganamos”: El 5 de abril llenamos las calles

No nos organizamos solo para resistir. Nos organizamos para ganar. Y sabemos que nuestra fuerza es la solidaridad y la lucha colectiva.

Hace años que resistimos. Que nos organizamos, que levantamos la voz, que nos plantamos delante de bancos, juzgados y puertas blindadas para impedir que nos expulsen de casa. Cada vez que una inquilina, una hipotecada, una familia ocupante o una vecina del chabolismo se levanta y dice “¡basta!”, el poder tiembla. Y por eso quieren silenciarnos.

Vivimos una ofensiva represiva contra quien defiende el derecho a la vivienda. Plataformas, sindicatos y colectivos han recibido denuncias, juicios, multas. Quieren que abandonemos la lucha, que dejemos de molestar, que callar sea la única salida. Pero nosotras tenemos una respuesta clara: no nos harán callar. Cuando nos tocan a una, nos encuentran a todas.

Porque esto va de mucho más que de pisos. Va de barrio, de derechos, de dignidad.

Nos dicen que el problema de la vivienda sólo existe cuando afecta a familias de clase media, con trabajos estables y nombres fáciles de pronunciar. Pero sabemos que el negocio inmobiliario nos destroza a todas, y empieza por las que lo tienen más difícil: las migrantes, las trabajadoras precarias, las familias de los barrios obreros, donde la crisis del 2008 nunca terminó.

Y lo decimos claro: tanto si pagas hipoteca como si vives de alquiler, tanto si ocupas como si compartes habitación, el problema de fondo es el mismo. Y la lucha también debe ser la misma.

Nos quieren divididas. Nos quieren enfrentadas. Pero nosotras rompemos el relato del miedo y el desprecio. Nos negamos a mirar hacia otro lado mientras continúan los desahucios.

No nos da miedo hablar de racismo. Ni de clase. Porque sabemos que no hay justicia sin combatir todas las formas de opresión. Y sabemos que la clase trabajadora migrante tiene mucho que decir. Limpiando casas, trabajando en el campo, cocinando por todas mientras no tiene papeles, mientras la acosan, mientras la criminalizan, mientras la desahucian. Ésta es la realidad que algunos prefieren invisibilizar. Y ésta es la realidad que se organiza. Las acusan de no integrarse. Pero quizá la mejor forma de hacer suya la cultura de este país es abrazar su mejor tradición: la de lucha obrera y barrial. De las calles de Sant Roc a los bloques de Canovelles, de La Mina a La Font de la Pólvora, de Nou Barris al Besòs, sabemos de dónde venimos. Y sabemos hacia dónde vamos.

Porque no nos organizamos sólo para resistir. Nos organizamos para ganar. Y sabemos que nuestra fuerza no es el dinero, ni las leyes, ni los despachos: es la solidaridad y la lucha colectiva.

Nos lo ha enseñado la historia del movimiento obrero. Las conquistas que hoy damos por hechas –la jornada de ocho horas, las vacaciones pagadas, el derecho a huelga– no fueron ningún regalo. Fueron fruto de la lucha organizada, de sindicatos combativos que plantaron cara al poder. Y ahora, frente al negocio de la vivienda, hay que aplicar esta misma lección.

Porque los bancos tienen las leyes a su favor. Los rentistas, el apoyo mediático. Los fondos vampíricos, miles de viviendas vacías. Pero nosotras tenemos algo mucho más poderoso: la capacidad de plantarnos y decir “hasta aquí”.

Necesitamos un movimiento de vivienda valiente, arraigado, que pase a la ofensiva. Que no se conforme con parar desahucios, sino que luche por la remunicipalización, por la cesión de uso, por la expropiación, por la expulsión de los fondos vampíricos. Por otra manera de habitar y de vivir.

Porque cuando luchamos, ¡ganamos!
Porque cuando nos organizamos, ¡somos imparables!
¡Organización y lucha!

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