Más allá del matrimonio. Del altar a la revuelta
El domingo 26 de junio de 1977, cinco mil personas convocadas por el FAGC subieron por La Rambla de Barcelona bajo los lemas: «Nosotros no tenemos miedo, nosotros somos» y «Fuera la Ley de Peligrosidad Social». Aquella manifestación, duramente reprimida por la policía, que causó heridos graves y detenciones, consta como la primera celebración de la jornada por la liberación sexual y de género en los Países Catalanes.
Hoy estamos en la misma ciudad, celebrando por quincuagésima vez esta manifestación. Bolleras, bisexuales, asexuales, trans, maricas, personas no binarias, intersexuales, invertidas, desviadas: salimos todas, todes y todos a la calle por la liberación sexual y de género. Y sí, es una mani para seguir protestando, reivindicando, luchando, pintando pancartas y alzando los puños. Dirán que ya hemos conseguido muchas cosas, que la sociedad ya acepta la disidencia. Que ahora somos muchas más quienes podemos «salir del armario» sin temer que nos echen de casa o del trabajo. Que ¿por qué luchamos si ya se nos tolera?
No nos equivoquemos: si ahora algunas de nosotras disfrutamos de mejores condiciones de vida, no es motivo para conformarse, sino para seguir luchando con más fuerza, con más herramientas y con más determinación. El movimiento de liberación sexual y de género nació para transformarlo todo, para poner el mundo patas arriba tal y como lo conocemos. Porque, si no transformamos el sistema, este nos expulsa o intenta absorbernos. Este año hemos querido llevar a las calles una encrucijada en la que nos encontramos desde hace veinte años. En julio de 2005 se legalizó el matrimonio igualitario en el Estado español. Un hito que se vendió como la gran victoria y la consecución definitiva de la igualdad entre homosexuales y heterosexuales.
Con el paso del tiempo, el matrimonio se ha convertido en una llave de acceso casi obligatoria a los derechos materiales: papeles, pensiones, permisos laborales, herencias, vivienda, salud y cuidados. Esto ha generado una dependencia estructural de esta institución para poder vivir con seguridad. Y aquí es donde aparece el límite más evidente: no todo el mundo quiere casarse, no todo el mundo puede hacerlo, ni todo el mundo accede a ello en igualdad de condiciones. Antes de que el matrimonio ocupara el centro del debate, los movimientos queer ya planteaban una crítica mucho más amplia al orden social. No nos engañarán haciéndonos creer que lo único que queríamos era encajar y tener un lugar en esta sociedad, que lo único que queríamos era conquistar sus derechos. No solo queríamos acceder a los derechos existentes para que dejaran de ser un privilegio, sino cuestionar por qué esos derechos estaban ligados a un único modelo de vida: la pareja monógama, estable, productiva e integrada en la familia nuclear. Queríamos transformar las formas de amar, de convivir, de cuidarnos y de organizarnos colectivamente. Queríamos romper con el patriarcado, con las categorías impuestas, con el racismo institucional y con la jerarquía entre vidas dignas e indignas. Y seguimos queriéndolo.
Seguimos y seguiremos luchando por un mundo nuevo, más libre y más justo para todas, donde no se nos encasille en identidades represivas subordinadas al sistema; donde podamos elegir libremente nuestras amistades y relaciones; donde tener o no tener pareja no sea la única garantía de cuidados, de un techo y de compañía. Este año vamos del altar a la revuelta. Queremos recuperar la ambición política del movimiento. Queremos recuperar la ilusión de preguntarnos qué proyecto colectivo ofrecemos al mundo. Queremos situar en el centro las vidas más vulnerables, no solo las más asimilables. Queremos reconectar la lucha por la liberación sexual y de género con las luchas feministas, antirracistas, laborales, antimilitaristas, de liberación nacional, por la vivienda y por los derechos de las personas migrantes. No permitiremos el asesinato de miles de civiles, ni lucharemos en sus guerras imperialistas. No queremos que se nos utilice para justificar el genocidio del Estado de Israel contra el pueblo palestino. Para que las palestinas disidentes sean libres, es necesario que Palestina sea libre.
Apostamos por el antifascismo y contra los discursos de odio. Apostamos por marcos basados en la interdependencia, el apoyo mutuo y los cuidados. Apostamos por la organización colectiva y no solo por el reconocimiento individual. Apostamos por dejar de institucionalizar el afecto.
Este 28J salimos a abrir futuro. A decir que la historia no termina en el altar. Que el matrimonio fue una herramienta, no un destino. Que ya podemos casarnos, pero queríamos —y queremos— mucho más.

