Un sábado de julio nos reunimos en el local de la PAH unas 10 personas. Sin embargo, esta vez no nos convoca una asamblea, un grupo de trabajo ni un taller de asesoramiento. Nos encontramos entre revistas, tijeras, fotografías y trozos de diarios, buscando distintas formas de expresar aquello que nos atraviesa en la cotidianidad: quiénes somos, qué problemas tenemos y cómo muchas de las situaciones que vivimos, aunque a menudo parezcan individuales, responden a problemas estructurales.
Hablar de personas que no pueden pagar el alquiler, que necesitan mudarse o son realojadas a las afueras de Barcelona, es una cotidianidad que nos atraviesa y hace entender que la ciudad nos expulsa. Por eso decidimos hablar del desplazamiento de quienes construyen sus vidas en un barrio y, de repente, ya no pueden permitirse seguir viviendo en él, para no normalizarlo. Decidimos hablar de las relaciones que se rompen cuando nos tenemos que marchar, de los espacios que desaparecen y de las dificultades para construir una vida en común cuando la precariedad atraviesa cada vez más aspectos de nuestra cotidianidad.
Mientras recortamos, pegamos y compartimos ideas, aparece también una reflexión sobre cómo han cambiado nuestros barrios. Recordamos un tiempo en el que conocíamos a quienes vivían a nuestro alrededor, comíamos en la calle, compartíamos espacios y nos organizábamos más entre vecinos. La calle era un lugar de encuentro y la vida cotidiana ofrecía oportunidades para conocernos, ayudarnos y construir relaciones de confianza.
Hoy sentimos que muchas de esas prácticas se han ido perdiendo por una ciudad cada vez más individualista. Cada vez parece más difícil encontrar espacios para encontrarnos y construir relaciones que vayan más allá de un saludo en la escalera. La vida se vuelve más individual, las relaciones sociales se atraviesan cada vez más por la pantalla, la precariedad nos absorbe y apenas tenemos tiempo para conocer a las personas que tenemos al lado.
Muchas de nosotras, migrantes latinoamericanas, también vivimos esta desterritorialidad a través del traspaso de fronteras. Lo que era sentirse parte de un barrio donde “todos nos conocían” y tener que dejarlo por buscar mejores posibilidades, donde los olores, las costumbres y las calles siempre fueron parte de nuestro día a día. Hoy transitamos a menudo dos o tres ciudades, la que vivimos y la que éramos. A menudo con el contraste firme de quienes nos hacen sentir de fuera con sus comentarios cómo una compañera compartió: “por ser de Perú asumieron que no era propietaria en mi edificio y me dejaron fuera de las reuniones”.
Pero ¿podemos separar estos cambios de las transformaciones que atraviesan nuestros barrios? El encarecimiento de la vivienda, la precariedad, el racismo y la expulsión de vecinas y vecinos no solo determinan dónde podemos vivir. También afectan a nuestras relaciones, a nuestra capacidad de organizarnos y a la posibilidad de sentir que formamos parte de una comunidad. ¿Cómo podemos construir barrio si cada vez es más difícil permanecer en él?
En la PAH sabemos que la lucha por la vivienda va mucho más allá de conseguir un alquiler asequible, detener un desahucio o negociar una deuda. Todo eso es fundamental, pero también lo es lo que construimos mientras luchamos. En el acompañamiento, las conversaciones, las comidas compartidas y los espacios que abrimos para encontrarnos se tejen relaciones que nos sostienen. La PAH se convierte así no solo en un espacio de lucha, sino también en un lugar donde compartir preocupaciones, aprender colectivamente y construir vínculos. La PAH es para muchas de nosotras presentes nuestra forma de hacer barrio, a través de la lucha colectiva.
Quizá recuperar el barrio no significa volver exactamente a cómo eran las cosas antes, sino preguntarnos qué relaciones queremos construir hoy y cómo podemos generar nuevas formas de encuentro, apoyo mutuo y organización. Frente a un modelo de ciudad que convierte la vivienda en un negocio y amenaza nuestra posibilidad de permanecer en los lugares donde hemos construido nuestras vidas, encontrarnos y organizarnos también es una forma de resistencia.
Hacer barrio es construir una frontera contra la expulsión. Una frontera hecha de cuerpos, cuidados, afectos y organización. Es encontrarse cuando el miedo quiere aislarnos, acompañarse cuando intentan echarnos y convertir la fragilidad de cada una en la fuerza de todas.
Allí donde el mercado expulsa, el barrio resiste: aquí nos quedamos. Porque hacer barrio también es defender el derecho a permanecer, a cuidar y a seguir construyendo una vida en común.
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